Orar implica muchas situaciones, y circunstancialmente, muchas veces no estamos en la mejor posición emocional, espiritual, o incluso física.
Esta historia que te voy a contar, nos revela un principio de la oración muy valioso para nosotros los creyentes que cuando oramos, sabemos que hay un Dios que nos escucha.
En una congregación, un hermano reclamaba siempre, que para orar, debía hacerse de rodillas, con las manos en alto y con los ojos cerrados.
Y era tal la posición que tenía al respecto, que incluso llegaba a acalorarse con otros hermanos en discusiones, por no asumir para ellos dicha "posición" (Nótese el guiño de la palabra)
Pues les cuento, que el hermano una vez tuvo que cambiar su "posición", tanto física como de pensamiento, cuando en una salida fuera de la ciudad y mientras caminaba en la carretera hacia el campo, se vino un alud de tierra y quedó atrapado en medio del derrumbe, por cosas de Dios o de la vida, o de ambos quizá, con la tierra que le cayó al intentar escapar, quedó atrapado, quedando sepultado en posición boca abajo y con todo su cuerpo inmovilizado por el peso y la presión de la tierra....
Pues que creen ustedes... El hermano en dicha posición física, cambió su posición de pensamiento, y empezó a clamar a gran voz por la ayuda de Dios.
Para no hacerles más largo el cuento, por cosas de Dios o de la vida, o de ambos quizá, pasaban por aquel solitario camino, dos personas que a uña y gritos, lograron sacarlo para ayudarle a salir de la arena que lo aprisionaba.
La enseñanza de esto, es que no importa la posición de tu cuerpo, no importa cuanta tierra fisica, espiritual o emocional tengas encima, lo que realmente importa es la posición de tu corazón para que la ayuda llegue a tiempo, la ayuda de Dios o de la vida, o de ambos quizá.
Solo ora, y hazlo según el Espíritu te guíe.
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